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El espejismo del Viña

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Del símbolo de “libertad con resaca” a la marca con pulserita QR.

Durante décadas, el Viña Rock fue para muchos el símbolo del desencanto convertido en fiesta: punk, rap, reggae, furgonetas, litronas y una cierta sensación de libertad entre la resaca y la autogestión. Pero algo cambió. Lo que fue núcleo de cultura popular contestataria se convirtió en una industria con ticketing online, zonas VIP, patrocinadores y precios de festival burgués. El Viña, como tantos otros eventos, fue domesticado por el capital. Y lo hizo con una sonrisa.

2. Breve historia del festival

Nacido en Villarrobledo en 1996, con fuerte impulso institucional pero vocación de calle, Viña Rock creció como punto de encuentro para las tribus musicales del Estado: rock radical vasco, mestizaje, rap, metal, reggae y electrónica. Durante sus primeras ediciones, el festival fue refugio para discursos fuera del centro mediático. Pero su popularidad atrajo a promotoras, marcas y circuitos de lucro que terminaron convirtiéndolo en lo contrario de lo que proclamaba.

3. Cementerio de elefantes

Poco a poco, el Viña pasó de ser cantera a ser geriátrico. Grupos punk calimoxeros que nos han acompañado en cada borrachera siguen ocupando cabeza de cartel pese a llevar décadas sin publicar algo nuevo. Raperos que brillaron en 2010 repiten las mismas letras como si la historia no hubiera cambiado. Salvo dos o tres excepciones, el cartel se repite año tras año.

Esta repetición no es casual: al igual que le ha pasado al rock en general, las productoras capitalistas han colonizado el relato, vendiendo la idea de que “la música es una mierda” mientras copan la escena con los mismos nombres de siempre.

Y ojo: no tenemos nada en contra del reguetón —ni somos casposillos—. De hecho, en el Viña hay reguetón y nos parece bien. Lo que nos chirría es que desde ciertos sectores se ponga a raperos con discursos machistas en primera línea, mientras se acusa a la música popular de ser la causa de todos los males.

Se dice que todo es reguetón, que no hay alternativa… mientras ellos mismos no dejan florecer propuestas nuevas ni experimentales, más allá de un escenario relegado al fondo donde apenas se acercan cuatro personas que aún creen que el Viña da nuevas oportunidades.

Así construyen un mercado de la nostalgia combativa, una especie de Disneylandia antisistema, donde se corea “fuera la burguesía” mientras te clavan 12 euros por un cachi. Lo más perverso es que muchos acaban creyendo que no hay alternativa.

Mientras tanto, los festivales se dividen entre zonas VIP y zonas de acampada que no envidian a un campamento tercermundista. Trabajadores sin derechos, jornadas abusivas, sueldos precarios y equipos durmiendo en pabellones sin necesidades básicas cubiertas: así se construye el show del rebelde domesticado.

4. La capitalización de la rebeldía

Viña Rock ya no es un festival, es una marca. Gestionada por empresas como The Music Republic (organizadores también del Arenal Sound, el FIB o el Medusa), el festival se inserta de lleno en la lógica del capital especulativo. Patrocinios, derechos de imagen, paquetes de alojamiento y merchandising.

La rebeldía se ha convertido en un paquete de consumo emocional. Los valores punk han sido reciclados para vender entradas, camisetas y experiencias. Ya no se trata de cambio, sino de entretenimiento.

Sin embargo, también es demasiado fácil cargar las tintas solo contra el festival. Muchas veces, de forma individual, también seguimos alimentando esa lógica derrotista. No apoyamos iniciativas comunes, nos limitamos al “ven a mi concierto” y luego pasamos del resto de la escena.

Hablamos del capitalismo, pero somos los primeros en gritar “¡Sí, señor, señor!” de Ska-P o “Somos mil manos” de La Raíz, como si eso nos hiciera combativos por inercia.

No nos hagamos trampas al solitario: si el festival cae, no será por nuestras críticas desde la barrera, sino porque las propias bandas decidan no seguir participando del juego. Como hizo en su momento El Noi del Sucre, o más recientemente Sons of Aguirre, Kaos Urbano y otras que han preferido perder visibilidad antes que perder coherencia.

4.1. Actualización 2024: KKR y el negocio global de la disidencia

En 2024 se hizo pública una operación que reveló el verdadero alcance de la capitalización cultural en los festivales españoles: el fondo de inversión estadounidense KKR adquirió Superstruct Entertainment, la empresa que gestiona más de 80 festivales en todo el mundo, incluyendo Viña Rock, Resurrection Fest, Sónar, Arenal Sound y el FIB.

Esta noticia no solo confirmó la total integración de lo alternativo en las redes del gran capital, sino que desató una ola de indignación cuando se revelaron los vínculos geopolíticos del fondo.

KKR, a través de su participación en Axel Springer (grupo mediático europeo), tiene presencia directa en plataformas como Yad2, un portal inmobiliario israelí que ofrece viviendas en territorios palestinos ocupados, lo que ha sido denunciado por diversas organizaciones de derechos humanos.

La reacción no tardó: grupos como Sons of Aguirre, Dakidarría, Los de Marras, Kaos Urbano, Ill Pequeño, Ergo Pro, La Prados, Sínkope o High Paw anunciaron su retirada de festivales organizados por Superstruct en protesta por estos vínculos con el sionismo político y la ocupación.

Plataformas como El Salto, Diario Público, Mundo Obrero y Diario Red cubrieron ampliamente la controversia, mientras decenas de miles de personas exigían a los festivales un posicionamiento claro.

La dirección de Viña Rock, hasta hoy, guarda silencio. Otros eventos como Sónar han publicado declaraciones genéricas apelando a la diversidad y los derechos humanos, sin mencionar explícitamente la situación en Palestina ni romper con los fondos que los financian.

La cultura disidente se encuentra, una vez más, ante su gran encrucijada: o se reafirma en sus principios, o se convierte en mera mercancía cool de los grandes fondos internacionales.

5. El fantasma del sionismo (advertencia y contexto)

No se trata de una teoría conspiranoica ni de antisemitismo: se trata de entender cómo el poder económico, venga de donde venga, busca fagocitar cualquier trinchera de resistencia.

En los últimos años, ha surgido un debate complejo sobre el papel de ciertos fondos de inversión internacionales que operan en la industria cultural. Algunos de estos fondos, con relaciones económicas o políticas con el Estado de Israel y el sionismo más beligerante, han invertido en plataformas culturales globales, promotoras de música y marcas de consumo “alternativo”.

6. El 1 de mayo: contradicción total

El hecho de que el festival se celebre en el Día Internacional del Trabajador no es una casualidad vacía. Es una ironía dolorosa. Mientras se canta contra el sistema, se alimenta el mismo sistema. Mientras se invoca la lucha, se invierte en tickets, productos y experiencias que perpetúan la alienación.

El Viña ya no es un lugar para construir resistencia, sino para domesticarla con MDMA, trap de postureo y punk de karaoke.

7. Y ahora, ¿qué?

La situación es muy jodida. La ley de eventos públicos en España está pensada para proteger un modelo de negocio, no para fomentar la cultura independiente. Sobre el papel puedes organizar eventos como asociación sin ánimo de lucro, pero si vendes alcohol, automáticamente estás fuera de la legalidad.

Si lo haces con ánimo de lucro, te enfrentas a convertirte en una empresa, con todos los gastos y obligaciones que eso implica: seguros, impuestos, inspecciones, licencias… y a partir de ahí, entras en la lógica del beneficio del capital.

Lo irónico es que esos mismos fondos de inversión, con la muleta de los políticos de turno, sí manejan eventos con ánimo de lucro que reciben subvenciones, permisos exprés y facilidades administrativas.

La legislación, en realidad, está hecha para que quien más dinero tenga pueda alquilar espacios públicos, acceder a recursos del Estado y construir macroeventos con apariencia cultural.

Mientras tanto, las asociaciones locales solo pueden aspirar a organizar fiestas patronales donde el ayuntamiento contrata a la furgorquesta de confianza para que toque “Paquito el chocolatero” sin molestar demasiado.

Todo esto empuja a la cultura alternativa a refugiarse en bares, sin condiciones técnicas mínimas, sin apoyo legal, dependiendo por completo de la buena voluntad del dueño o del camarero de turno.

Esa precariedad estructural no es casual: es una herramienta más para evitar que crezcan redes culturales autónomas que no pasen por el embudo del capital.


Nos queda repensar los espacios. Apostar por lo pequeño, lo local, lo autogestionado. Crear nuevas plataformas culturales con ética política, sin vendernos al mejor postor. ¿Es posible recuperar el espíritu del Viña? Tal vez no. Pero sí es posible desmontar su relato hegemónico. Y en ese camino, volver a encontrarnos fuera de las vallas, los focos y las pulseritas QR.

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